lunes, 9 de noviembre de 2015

Un momento feliz

Aquel día, como cualquier otro viernes de los tres últimos años, la comida se celebró en el Joanet. Era un junio, y aunque era difícil hacerse con una mesa en la terraza, nuestro trato de clientes habituales siempre nos ponía en una situación preferente.
Te engañaría si te dijera, que me desperté de forma distinta, o que pronostiqué lo que iba a suceder. Era otro viernes, de aquellos de juventud.
En la plaza de Sant Agustí Vell empezaban a despuntar los primeros turistas de temporada, que huyendo del centro buscaban refugio y precios más económicos por las callejuelas estrechas y laberínticas del barrio del Born.
Todos salíamos de nuestros trabajos sobre las 14 horas y quedábamos allí; Loren, Víctor, la novia de Víctor (quien fuera en aquella ocasión), Albert y a veces se nos juntaba Álex, el guionista de la tele y quizá alguno más. Pero nosotros cuatro solíamos ser los más habituales.

Durante dos horas era un ir y venir de medianas “Estrella”, un intercambio de opiniones, por lo general a gritos y un meterse con Loren en particular. Nos lo pasábamos muy bien, aunque las cosas se caldeaban de vez en cuando. Bajo la sombra de aquellos castaños compartíamos la esencia de nuestra vida y de nuestras circunstancias.

Cuando la cosa iba de política o sobre qué grupo de música punk era el mejor de la historia, Loren y yo solíamos parapetarnos en una esquina de la mesa y compartíamos, como si fuera de contrabando, nuestras libretas de dibujos. También nos susurrábamos nuestros últimos descubrimientos de tal o cual autor, o las nuevas técnicas que habíamos probado.

Se habían sucedido decenas de viernes como aquel del día 3 de Junio, hace ya 10 años. Y nos conocíamos bien el guión y nuestro rol.

En el bar Mudanzas, en la calle Vidriera, subíamos las apuestas y pasábamos de la Estrella al pacharán. Para entonces estábamos lo bastante desinhibidos como para meternos al toro con Albert y Víctor y opinar y discutir sobre cualquier cosa.

Un par de copas más y no, no lo dejábamos allí. Oscurecía y continuabamos por otros derroteros. Quizá aquella vez cenamos en la casa vasca los cuatro, no logro recordarlo, lo que sí recuerdo, es la llegada de la noche y como el grupo había quedado reducido a 2, Loren y yo.

El paseo nocturno no podía ser más agradable y embriagador. El bullicio de un viernes llenaba la calle Escudellers. Todo aquello tan nuestro y tan agridulce. Las promesas de una noche que empieza (para nosotros una larga tarde de más) se mezclaban con el olor a pis, las prostitutas y los vendedores de hachís.

Nosotros acabábamos buscando la magia en el Magic. Local del Born, en el Paseo Picasso, donde sin enterarte te amanece al son del rock del alcohol y del sudor comunitario. Como otras tantas veces, la cantidad de gente y el ruido era sofocante, pero no querrías estar en otro sitio. Repetíamos los rituales, los bailes y los abrazos entre nosotros, nuestra camaradería no dejaba espacio a la vergüenza ajena ni al qué dirán. Así que bailamos sin pensar en las chicas, guapas, feas, jóvenes o viejas que bailaban cerca, ni siquiera en la morriña que nos daba no tener una a nuestro lado. Eso solía venir después, con el sol de mediodía acompañando la resaca.

Fue un foco de luz, como un haz mágico dirigido el que me señaló el camino. La chica rubia despampanantemente hermosa que ni siquiera bailaba, miró en mi dirección. De pronto, el sonido de mis pensamientos fue más fuerte que la música. Me arrodillé en el suelo y descargué mi mochila intentado evitar ser aplastado por la multitud. Dentro solía llevar un cuaderno y un pincel de bolsillo, de esos que tienen un depósito de tinta. Rápidamente esbocé algo, a pesar de mi estado, un pequeño dibujo de un ser minúsculo con ojos llorosos y arrodillándose. De su boca salía un texto escrito en letras gruesas y toscas, con chorretones de tinta, rezaba “65188XXXX LLÁMAME POR FAVOR”.

Me acerqué a la chica, aquella imagen de belleza y perfección y le entregué el papel. Ella se rió, recuerdo que la sala, oscura y decadente se iluminó con aquella sonrisa. Lo siguiente que ví fue a ella cortar un pedazo de la hoja y con un bolígrafo que apareció de la nada escribir “65599XXXX RAQUEL”.

Bastó una llamada al día siguiente para cambiarme la vida. El resto es otra feliz historia.

FIN

Binomio fantástico (1) - Corteza/Córnea

Corteza-Córnea

Palpó la corteza con los dedos desnudos a pesar del frío. Quiso besar al árbol pero le dio pudor en el último momento. Se quedó a tres dedos de la corteza, podría admirar la textura, los desniveles, el juego de luces y sombras incluso un hilo de hormigas que ahora entraba dentro de uno de los pliegues del árbol y ahora salía. A través de sus ojos, la imagen procesada de su córnea al cerebro, éste lo tradujo en símbolos. Dónde vería una brecha honda, ella veía el bache por el que había pasado recientemente. Por dónde había salpicado el musgo, lo verde, era una alegría, un incendio un éxtasis que se quedó en el pasado. No lloró se contuvo hasta que consiguió moverse de nuevo y cortar el hilo de sus pensamientos. Aterrizando atropelladamente en la realidad.

Abrazó al árbol cómo quien abraza una casa al llegar de viaje. Se puso de nuevo los guantes y volvió por dónde había venido. Arrastrando los pies, quizá un poco menos que antes.

Me gusta no me gusta

No me gusta dormir. Me gusta acariciar las cubiertas de los libros justo antes de abrir sus puertas y zambullirme en ellos. Me gusta el aroma excitante que acompaña al ronroneo de la máquina de café por la mañana. El ruido de las cucharas y las conversaciones que flotan en el American Bar, mientras trato de esbozar alguna idea, enfrascado. No me gusta aquel señor impertinente que grita sus opiniones. No me fío de la gente en traje ni de las mujeres con excesivo maquillaje y bisutería. No me gusta la gente que conduce con gorra o usa gafas de sol en días nublados. Me gusta la calma antes de la tormenta, las palabras sencillas que cuentan muchas cosas. Cómo Cortázar. Me gusta estar a tu lado, aunque estemos callados.
Me gusta almorzar contigo en la escalera que lleva al patio, con el sol calentándonos a nuestra espalda, mientras desmigamos nuestras preocupaciones mordisco a mordisco.